Mientras usted lee este trabajo, en este mismo momento, cientos de niños estarán empuñando un fusil, o realizando diversas tareas en el frente de combate, otros pasan el mayor tiempo del día en la calle, y por la noche retornan a su hogar, incluso están quienes no tienen un techo ni un hogar al que regresar. Son los niños con los ojos más tristes del mundo a quienes se les borro la sonrisa para siempre, a diferencia de las amigas de la agresora de Colmenarejo.
También existe otra realidad que escapa al objetivo de cualquier móvil, como la que se vive en el África Subsahariana, donde uno de cada seis niños no llegara a cumplir los cinco años debido a enfermedades como el paludismo la diarrea y la desnutrición. Mientras otros son victimas de las redes de tráficos para la venta ilegal de órganos.
En Somalia, las circunstancias son críticas, tal y como advierte UNICEF, donde unos noventa mil infantes pueden morir en las próximas semanas, si no reciben de inmediato un complemento nutricional y terapéutico, por parte de los países occidentales, los mismos que atizan el fantasma de la guerra mediante la venta de armas.
El vídeo de Colmenarejo pone encima de la mesa por unos días la noticia de una acción violenta alentada tras el objetivo de un móvil. A diferencia de otros genocidios silenciosos que duran demasiado tiempo.