Angel Bernal |
| Ossos (huesos) |
| Ángel Bernal |
| 15 ago 2008 actualizado 12:33 CET :: Leído 183 veces |
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De huesos vamos a hablar hoy. De huesos humanos. El contenido de esta crónica puede herir la sensibilidad del lector que no comprenda que la vida es muerte, y que más allá de la vida solo nuestros despojos en formas de esqueleto y calavera pueden hablar de nosotros aparte, claro está, de nuestro nombre y nuestro recuerdo. Esta enseñanza nos dejaron impresa nuestros antepasados alentejanos en las paredes de sus capillas, forradas de huesos y calaveras para demostrar a los vivos lo evidente, lo efímero de nuestras vidas, lo banal de nuestras ambiciones y lo larga que es la vida después de llegada la muerte. Una expresión que tiene muy poco de filosófica y muy mucho de realidad, acompañó aquella macabra tarea de recoger los huesos de sus antepasados para recubrir las paredes de las capillas de culto a donde necesariamente, pecadores, habrían de ir a orar sus convecinos, contundente argumento de llamar a las cosas por su nombre, como si no nombrarlas o no exponerlas pudiera evitar lo inevitable, la fragilidad y levedad de nuestro paso por la vida. Por eso no tema el lector, ni se asuste ni haga aspavientos, la cosa va también con él, con usted claro, ¿o es que acaso piensa que hablar de huesos humanos es hablar de otros, de extraterrestres o de fantasías? Los suyos morarán junto a los míos y los de los demás, de familiares, de conocidos y de extraños, todos nuestros amores y todos nuestros odios juntos para compartir el mismo espacio que el futuro nos tiene reservado, ¿por qué entonces ocultarlo? Mire, hágase una cura de humildad, visite la capilla de los Ossos (huesos) de Campomaior o la de Évora y saldrá curado de espantos, allí están, presentes e inmortalizados, muchos de quienes nos precedieron en el tránsito pasajero de este mundo, todos juntos, hidalgos y pecheros, ricoshombres y mendigos, quienes le recuerdan, por si acaso, lo obvio: NÓS OSSOS QUE AQUI ESTAMOS PELOS VOSSOS ESPERAMOS y entonces comprenderá que ni edad, ni fortuna, ni época, ni vanas glorias mundanas valen de nada, porque al final, la muerte a todos iguala. La espiritualidad de aquella época encontró en el miedo a la muerte una forma de reclamo, propaganda pura para un fin declarado, el sometimiento a unos dictados y la esperanza en una vida eterna. Hoy, liberados de aquellas servidumbres, aquellas armas sicológicas nos producen curiosidad y quizá también reflexión, pero nos ponen en guardia sobre otros esquemas de valores: transeúntes de este mundo, merece la pena aprovecharlo en nuestro paso, antes de servir de exposición a generaciones futuras. Amigo lector, le sugiero que visite las capelas de ossos y canalice después su energía en el carpe diem, para cuando le llegue el momento de decir adiós, quede la conciencia tranquila de haber hecho en este mundo lo que quiso porque pudo, y el estremecimiento que le produjo la visión desnuda de sus antepasados, sea una buena excusa para al comprender la brevedad de la vida, la disfrute y la viva con pasión. Después ya no será posible.
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