Angel Bernal |
| Marvao |
| Ángel Bernal |
| 06 sep 2008 actualizado 00:00 CET :: Leído 290 veces |
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La historia detenida en este pequeño enclave de águilas cercano a la frontera española nos sitúa ante dos realidades contrapuestas, mucho pasado y muy poco presente, unidos por un mismo cordón umbilical, el transcurso inexorable del tiempo, que nos ha dejado, eso sí, un patrimonio arquitectónico incomparable, unido a un entorno paisajístico que se adentra hasta lo más profundo de Portugal y de España. Y es que Marvao domina, desde lo alto de esa imponente masa rocosa que lo sustenta, las más bellas panorámicas que imaginarse pueden, y no por un afán recreativo o estético de sus fundadores, no, sino por razones mucho más elementales y prosaicas, el afán de supervivencia: Marvao es una ciudad amurallada, rodeada de fortísimas defensas, de las que sus habitantes se dotaron para soportar asedios e invasiones. Pero Marvao era también un puesto fronterizo y desde su torre vigía controlaba movimientos y se ponía en guardia ante el enemigo eterno procedente de Castilla. Así se resume la historia de este pequeño enclave, fundado en el siglo IX por un muladí ambicioso, Ibn Marwan, quien le prestó su nombre para gloria e inmortalidad de ambos y cuyos primeros pasos de vida estuvieron muy unidos a los de la cercana Badajoz. La ciudadela, de planta indescriptible, se ajusta a lo abrupto del terreno, para reforzar con la roca madre natural, la defensa levantada en su entorno, y remata en un imponente castillo que acoge dos recintos interconectados, que se antojan inexpugnables al visitante ante la reciedumbre y altivez de sus muros. Eso es lo que queda, la huella humana, porque sus ciento ochenta y cinco habitantes actuales no pueden recomponer una historia que ya pasó, y si sobreviven es gracias a que el turismo de masas ha llegado hasta allí para ayudar a mantener algunas actividades económicas derivadas de la atención a los visitantes y una fiesta típica alrededor de un producto de la tierra, a festa da castanha, que los naturales celebran para atraer a los miles de visitantes que hasta allí se desplazan el segundo domingo de noviembre. Ese fin de semana el pueblo sufre una transformación inimaginable, sus calles llenas de gente y de vida, le dan un colorido que nunca antes tuvo y hacen imaginar lo que nunca fue, el espejismo de una ciudad populosa y activa, donde solo hubo acuartelamientos militares y refugiados de la justicia, que se beneficiaban de los privilegios que los reyes daban a quienes querían irse a vivir a tan inhóspito lugar, donde hasta el agua faltaba. Visitar Marvao es un gozo para los sentidos, donde la historia detenida inspira y da rienda suelta a la imaginación, al tiempo que te enseña lo que tiene en su estado original, aderezado con dos museos que todo el mundo debe visitar: el de su propia historia y el de su principal seña de identidad, el mundo militar. Marvao ya solo existe para esperar al visitante |

