Ana Isabel Espinosa |
| Los papeles de Kafka |
| Ana Isabel Espinosa |
| 14 oct 2008 actualizado 15:00 CET :: Leído 104 veces |
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Cuando Kafka muere de tuberculosis en 1924 no puede llegar a imaginarse, ni el éxito que tendrían sus obras, ni lo mucho que se buscarían, tras su muerte. Jamás se lo habría imaginado, entre otras cosas, porque él mismo, sabedor de su enfermedad y de lo que le vaticinaba para el futuro, le pidió encarecidamente a su albacea Max Brod, amigo desde la infancia, que las destruyera. Pero, no sabemos si por amistad y buena fe, creyendo en la maravilla que representaban los escritos de Kafka y lo ominoso que hubiera sido destruirlos, sin permitirles ver la luz de la publicación y el calor con el que fueron acogidos por el publico, o bien porque esa empresa , incipiente en un principio, llegó a convertirse en un muy lucrativo negocio, Max Brod hizo oídos sordos a las peticiones de su amigo y los guardó en una maleta, huyendo de Praga ante el asalto de los nazis, preservándolos y trasladándolos a Israel, donde hoy día duermen en un sótano, custodiados por montones de gatos. No sabemos si es una paradoja del destino o uno de esos giros "kafkaianos",pero al igual que el hombre que muere desangrado por los picotazos del pájaro del que no quiere, o no sabe huir, Esther Hoffe, secretaria de Brod y guardadora, a su muerte de todo lo atesorado por éste, acumuló una gran cantidad de papeles, borradores y pertenencias personales del escritor durante casi 40 años, frustrando a archivistas y académicos que, con honorables intenciones, querían conseguirlos , para sus bibliotecas o Museos. Cuando Hoffe, murió el año pasado, a la considerable edad de 101 años, se abrió la posibilidad de que los seguidores de su obra- finalmente-pudieran acceder a la intimidad del autor ,pero no fue así , porque las hijas de Esther, Ruth y Hava Hoffe, de más de 70 años, cada una, se resisten a los pedidos de los archivistas alemanes e israelíes, de entregar los restos de su legado, junto con un cúmulo de papeles del amigo y albacea de Kafka, y también escritor, Max Brod. Los israelíes apelan al honor nacional, alegando el judaísmo de kafka; los alemanes, de los que heredó cultura y tradiciones, además de lengua escrita, en la que está casi la plenitud de su obra, sacan la chequera, para pagar en efectivo. No son nuevos estos tejemanejes comerciales, ni para el archivo alemán, que ya posee el manuscrito de "El proceso" de Kafka, ni tampoco para la fallecida Esther Hoffe, que lo vendió en una subasta de Sotheby's, realizada en Londres en 1988, por USD1,98 millones, una nada despreciable cantidad, por guardar una maleta llena de papeles viejos. El Estado de Israel, por su parte, ha exhortado a las hermanas a entregar los documentos -o por lo menos copia de los mismos- a la Biblioteca Nacional y Universitaria Judía, de Jerusalén. Curiosamente, cuando Brod murió, en 1968, dejó los documentos a Esther Hoffe, quien rechazó totalmente los pedidos de los académicos que estudiaban a Kafka y se aventuró -de tiempo en tiempo- a vender algunos textos y ya en la década de 1980 fue arrestada en el aeropuerto Internacional Ben Gurion, bajo sospecha de que sacaba del país documentación importante, de contrabando. Solo las hijas de Esther saben qué documentos siguen en poder de ellas, o incluso si son legibles , tras haber sido confinados a un departamento húmedo y oscuro. El departamento de planta baja de Hoffe solo alberga a los gatos en estos días. La hija de Esther, Hava, es quien va diariamente a alimentar a los felinos, cuyos maullidos llenan el corredor. Ella nunca da entrevistas y evita a la prensa. Ella es la única que tiene la llave de la memoria de Kafka, quien posee la información que tanto ansían archiveros y conservadores, que creen encontrar en esos papeles la misma alma controvertida y enigmática del artista que supo ver mas allá de la presión familiar, del desapego, de la critica y las envidias, aquel que lucho contra si mismo, mas que contra sus propios miedos, que nos dejó tantos y tan inquietantes relatos que se nos meten debajo de la piel y escarnecen nuestros sentidos
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