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Alejo Fernández Pérez
Igualdad y demagogia (I)
Alejo Fernández Pérez   
03 jun 2005 actualizado 12:21 CET :: Leído 256 veces
Hay palabras con un potencial destructivo mayor que cualquier bomba atómica. En si mismas no son buenas ni malas, dependen de cómo se usen, cuando, donde y con quienes. Repetidas una y otra vez terminan adquiriendo categoría de mitos o dogmas.

Una de esas palabras es “Igualdad”. Dicha sin más, esta palabra puede significar “una cosa, otra o la contraria”. Especialmente en la política y en la enseñanza, el uso indebido de este nombre, nos ha traído desgracias sin cuento o beneficios indudables.

Sin embargo, en el mundo es difícil o imposible encontrar iguales dos días, dos árboles, dos personas, dos países, dos poblaciones, dos animales cualesquiera,…. Por tanto, tratar como iguales a dos de esos seres desiguales sería cometer un error intelectual de bulto. Si nos limitamos a la posibilidad de dar igual trato a  dos personas en análogas circunstancias, tendríamos que precisar: En la familia, en la escuela, en el ejército, en la Iglesia, en la política, en el trabajo,…. Además, el trato que se da a una persona – animal o cosa-  está en relación directa con los beneficios que podemos esperar de ella.  Por esto, nos vamos a limitar a considerar algunos casos, donde las contradicciones son evidentes y donde tratar iguales a las personas  puede acarrear más  daños que beneficios.

Igualdad en la enseñanza. El principio progre de igualdad – irrenunciable, dicen ellos- , llevado a extremos irracionales, ha llevado a la enseñanza a la ruina en el mundo occidental y a la pérdida de tres o más generaciones de estudiantes. La doctrina tramposa y absurda que es el igualitarismo intelectual, unida a una retorcida pedagogía moderna, ha llevado la educación de niños y jóvenes a límites muy preocupantes.

Todos los alumnos son diferentes en inteligencia, capacidad de trabajo, preparación previa,.., pero el empeño en igualarlos nos ha llevado a que ninguno estudie, ni trabaje, pues para ser iguales han de sacar la misma nota y trabajar lo mismo o nada. Pocos son capaces de obtener un diez de nota, pero  todos pueden obtener un dos, así que ¡Un dos para todos!. Nada de exámenes, ni trabajos para casa, ni nada de orden o autoridad, que pueda causarles  traumas psicológicos. A los profesores se les ha quitado el poder y la autoridad. ¡Estos si que están traumatizados! En clase y en casa manda el nene. En la Universidad se empiezan a quejar de profesores que no saben ni hablar. “A uno de ellos, le preguntaron con ironía: ¿Usted es de la Real Academia de la Lengua? ¡ No, pero como si lo seriese! “

Toda persona o asociación capacitada, debe tener la posibilidad de fundar centro de enseñanza en igualdad de condiciones y sin trabas innecesarias. La función del Estado depende de la situación social: es distinta en Alemania o en Inglaterra, en Japón o en Estados Unidos, por citar países con estructuras educacionales muy diversas. El Estado tiene evidentes funciones de promoción, de control, de vigilancia. Y eso exige igualdad de oportunidades entre la iniciativa privada y la del Estado: vigilar no es poner obstáculos, ni impedir o coartar la libertad.

La igualdad de enseñanza es típica de los gobiernos colectivistas donde el estado es todo y la persona nada. Sin embargo, mientras los países colectivistas han fracasado rotundamente. En  los países realmente democráticos, capitalistas y liberales, donde el hombre es casi todo y el estado lo  menos posible, es donde se han alcanzado las mayores cotas de bienestar de todos los tiempos. A veces, sorprende como las cosas que están a la vista son imposibles de ver para mentes sectarias. Algunos, aun no se han enterado de la caida del muro de Berlín. Cuatro días llevaba Lázaro muerto, ya hedía,  lo resucitó Cristo y los fariseos fueron incapaces de entender. Tenían ojos y no veían, oídos y no oían.

Igualdad entre hombre y mujer. ¿ En qué? Pues poco más que en el trabajo fuera de casa, y con un  sueldo menor que el de los varones.  Aquí terminó la igualdad. A este trabajo hay que añadirle el trabajo en  el hogar, en la cocina, en la crianza y educación de los niños, donde la mujer carga con casi todo el peso. La entrada de la mujer en todos los ámbitos del mundo laboral es imparable, pero durante la crianza de los hijos pequeños tropieza con un muro insalvable: El esfuerzo abrumador que supone compatibilizar el trabajo del hogar con otro cualquiera. En tener y criar hijos, hombre y mujer son desiguales, eso es bueno y de forma desigual deben ser tratados.

Las leyes, de una vez por todas, han de hacer compatibles lo que ahora no lo es. ¿Hay ocupación más importante, digna y  noble que la de tener y criar hijos? ¿Puede una sociedad cualquiera permitirse el lujo de no tenerlos? ¿Puede realizarse una mujer, en su mas íntimo ser, fuera del hogar, del marido, de los hijos…? A esto deberíamos subordinar la legislación laboral o tendremos un horizonte cargado de oscuridad. Si se subvencionan aceites, corderos, frutas, barcos,…por qué no subvencionar a estas mujeres o a sus patrones? Pretender igualdad en todo, no es más que pura demagogia y una trampa para la mujer. Para muchas mujeres trabajadoras, durante su tiempo fértil, mantener el puesto de trabajo constituye un tiempo de locura.

Igualdad en la Iglesia. Una vez bautizados, todos hombres y mujeres,  somos iguales “ante Dios” porque somos hijos del mismo Padre. Todos participamos por igual de una común dignidad, libertad y responsabilidad. En la Iglesia existe esa radical unidad fundamental, que enseñaba ya San Pablo a los primeros cristianos: “…ya no hay distinción de judío, ni griego; ni de siervo, ni libre; ni tampoco de hombre, ni mujer.” En cuanto cristianos, no media diferencia alguna entre el Papa y el último que se incorpora a la Iglesia. Posiblemente sea en la Iglesia de Cristo donde antes se reconoció la igualdad y dignidad entre todos los cristianos fuesen hombres, mujeres o niños, cualquier que fuese su color.

la igualdad esencial entre el hombre y la mujer exige precisamente que se sepa captar a la vez el papel complementario de uno y otro en la edificación de la Iglesia y en el progreso de la sociedad civil: porque no en vano los creó Dios hombre y mujer.

“Incluso el apostolado de los seglares no tiene por qué ser siempre una simple participación en el apostolado jerárquico: a ellos les compete el deber de hacer apostolado. Y esto no porque reciban una misión canónica, sino porque son parte de la Iglesia; esa misión... la realizan a través de su profesión, de su oficio, de su familia, de sus colegas, de sus amigos".
 
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