Adrián Vivas Galán
23 sep 2009
actualizado 11:49 CET :: Leído 1327 veces
Algunos figuras, figurines y figurantes se están esforzando en hacernos creer que cualquier tiempo pasado fue mejor. Yo me resisto a considerarlo, pero lo cierto es que cada vez tengo más dudas.
Allá por los años setenta Gabi, Fofó y Miliki alegraban la vida a muchos niños y, por consiguiente, a sus familias, con canciones, juegos y, sobre todo, con ingenuidad y sencillez. Sin embargo esa alegría que transmitían tenía más enjundia de lo que a simple vista pudiera parecer, enseñaban jugando, riendo, llorando. Continuaban en casa las enseñanzas que recibían en el colegio, especialmente los párvulos.
La Ley General de Educación de 1970 estableció la enseñanza obligatoria hasta los catorce años. Sin lugar a dudas éste fue un avance, máxime si tenemos en cuenta que en aquella época los valores cívicos, sí esos valores que residen en la voluntad, en las intenciones y en los propósitos, estaban bien vistos; incluso se fomentaban: la solidaridad, el respeto, la generosidad, el esfuerzo y la responsabilidad.
La Logse de 1990 alargó la obligatoriedad hasta los dieciséis años, pero aderezó su doctrina no con elementos complementarios que favoreciesen la medida y promoviesen una actitud activa, esforzada y responsable de los alumnos, sino con una dramática amputación de contenidos, la eliminación del esfuerzo individual y la promoción automática. Ya no se llevaba eso de enseñar valores, ya no estaban los payasos de la tele esperando en los hogares. Pronto llegaron los objetores escolares, sí esos alumnos que no quieren seguir en clase y que el sistema les obliga, esos alumnos que no sólo no hacen nada, sino que molestan al resto, esos alumnos que son fuente de indisciplina y de violencia, aunque sea de baja intensidad.
Paralelamente a la implantación del, para muchos, nocivo sistema educativo, la sociedad ha ido evolucionando en algunos aspectos e involucionando en otros, especialmente en lo referido al libertinaje y a la pérdida de respeto y de responsabilidad. Así las cosas, llegamos a una sociedad dividida en dos grandes sectores, quienes campan a sus anchas como alimañas protegidas, consentidas y atusadas por sus promotores, ante la mirada atónita y resignada del resto, y quienes sufren las consecuencias, se lamentan de tal situación y añoran otros tiempos. No sabría decir qué sector es más numeroso, pues el pesebre es grande y acogedor, pero sí el más contrariado y asqueado.
A raíz de las declaraciones de la Presidenta de Madrid, en otro tiempo Ministra de Educación, sobre la necesidad de dotar de autoridad pública a los profesores, que cada vez más sufren las consecuencias de una errática permisividad social, alzan su voz los coristas y arrimados (por supuesto de signo político contrario a la citada Presidenta y ex Ministra) anunciando lo innecesario de la medida, ¡sólo faltaba eso, que los profesores tuvieran autoridad!, ¡que se la ganen! ¡Con el trabajo que nos ha costado quitársela!
Tales comentarios no tendrían mayor trascendencia si no fuera porque vienen de dos sectores de la comunidad educativa que deberían arrimar el hombro en vez de "hacer méritos". Las declaraciones de la Consejera de Educación de la Junta de Extremadura, que por cierto es autoridad pública, y de la presidenta de unas asociaciones de padres y de madres de alumnos de Extremadura, que utiliza este cargo para ejercer de portavoz socialista (concejala socialista en Navalmoral) en vez de transmitir la opinión de los padres de alumnos, demuestran una vez más la consideración que les merecen los maestros y los profesores. Radio televisión Extremadura realizó la semana pasada un encuesta entre treinta y seis padres de alumnos y la respuesta fue unánime, los profesores deberían ser considerados autoridad pública en el ejercicio de su función. ¿A quién representa esa señora?
A ellas y a quienes piensan como ellas les digo que los docentes no deseamos estrellas ni galones, sino el respeto a nuestra labor. Es antinatural que en los centros educativos, que tienen como primer objetivo la formación del individuo, se produzcan agresiones entre compañeros, y de juzgado de guardia, contra los profesores. Si no erradicamos la violencia de las aulas, todo lo demás sobra.
Que nadie dude de un hecho, la violencia está en la calle y llega al centro educativo, no se genera en el centro, por esa razón es responsabilidad de todos. ¿Alguien puede pensar que niños o jóvenes que no respetan a sus padres pueden respetar al profesor?
De Gabi, Fofó y Miliki hemos pasado a Física o Química, del respeto (que no miedo) y la admiración, al desprestigio y la mofa. Mientras, el 80% de los profesores extremeños seguirán lamentándose de sufrir falta de respeto de alumnos y de padres de alumnos, y más de la mitad, de falta de motivación, ante el desinterés de muchos alumnos y la politización de la Educación. Pronto llegarán los próximos informes internacionales y nos recordarán por enésima vez lo bien que se están haciendo las cosas en este ámbito. Me temo que los portátiles y los centros trilingües no van a resolver el problema, aunque sí ayudarán a llevarlo mejor.
Adrián Vivas Galán (Profesor de Secundaria)